Toda la vida luchando contra enemigos que no se ven…
sin darnos cuenta
de que el enemigo siempre ha estado dentro.
Porque el verdadero enemigo del hombre
es, y siempre será,
él mismo.
Vivimos peleando…
contra lo que sentimos,
contra lo que somos,
contra los demás.
Sin descanso.
Sin paz.
Y mientras tanto,
la gente sigue sufriendo en silencio.
Gente que aprendió a aparentar,
pero no a sentir.
Gente que sonríe por fuera,
mientras se rompe por dentro.
¿Y qué hacen para sobrevivir?
Se protegen.
Algunos con arrogancia,
otros con indiferencia,
otros con violencia.
Pero, en el fondo, todos esconden lo mismo:
miedo,
heridas,
vacíos que nadie ve.
Personas rotas por otras personas
que también estaban rotas.
Y así, el dolor se repite…
una y otra vez.
Por eso, cada vez creo menos en la gente “mala”.
Y más en personas heridas
que no supieron sanar.
Personas que atacan
porque no saben cómo pedir ayuda.
Personas que hacen daño
porque viven con miedo…
de sí mismas.
Porque no hay nada más aterrador
que mirarse por dentro
y no saber qué hacer con lo que duele.
Y en ese intento desesperado
por parecer fuertes,
terminamos rompiendo a otros…
y rompiéndonos aún más a nosotros mismos.
Porque todos, en algún momento,
hemos sido aquello que criticamos:
arrogantes,
egoístas,
cobardes,
débiles.
Todos hemos huido.
Todos hemos fallado.
Y sin darnos cuenta,
nos convertimos
en lo que un día juramos no ser.
Sí… el mundo está mal.
Pero no porque existan monstruos,
sino porque hay demasiadas almas heridas
intentando sobrevivir como pueden.
Y aun así…
a pesar del dolor,
del caos,
de todo lo que pesa,
seguimos aquí.
Seguimos intentando.
Seguimos viviendo.
No por todo lo malo…
sino por ese pequeño, frágil y casi invisible bien
que todavía existe.
Y que, a veces,
es lo único que nos salva.
sin darnos cuenta
de que el enemigo siempre ha estado dentro.
Porque el verdadero enemigo del hombre
es, y siempre será,
él mismo.
Vivimos peleando…
contra lo que sentimos,
contra lo que somos,
contra los demás.
Sin descanso.
Sin paz.
Y mientras tanto,
la gente sigue sufriendo en silencio.
Gente que aprendió a aparentar,
pero no a sentir.
Gente que sonríe por fuera,
mientras se rompe por dentro.
¿Y qué hacen para sobrevivir?
Se protegen.
Algunos con arrogancia,
otros con indiferencia,
otros con violencia.
Pero, en el fondo, todos esconden lo mismo:
miedo,
heridas,
vacíos que nadie ve.
Personas rotas por otras personas
que también estaban rotas.
Y así, el dolor se repite…
una y otra vez.
Por eso, cada vez creo menos en la gente “mala”.
Y más en personas heridas
que no supieron sanar.
Personas que atacan
porque no saben cómo pedir ayuda.
Personas que hacen daño
porque viven con miedo…
de sí mismas.
Porque no hay nada más aterrador
que mirarse por dentro
y no saber qué hacer con lo que duele.
Y en ese intento desesperado
por parecer fuertes,
terminamos rompiendo a otros…
y rompiéndonos aún más a nosotros mismos.
Porque todos, en algún momento,
hemos sido aquello que criticamos:
arrogantes,
egoístas,
cobardes,
débiles.
Todos hemos huido.
Todos hemos fallado.
Y sin darnos cuenta,
nos convertimos
en lo que un día juramos no ser.
Sí… el mundo está mal.
Pero no porque existan monstruos,
sino porque hay demasiadas almas heridas
intentando sobrevivir como pueden.
Y aun así…
a pesar del dolor,
del caos,
de todo lo que pesa,
seguimos aquí.
Seguimos intentando.
Seguimos viviendo.
No por todo lo malo…
sino por ese pequeño, frágil y casi invisible bien
que todavía existe.
Y que, a veces,
es lo único que nos salva.