Despertando…
logra saber de su propia existencia.
Y solo encuentra incertidumbre
en ese reflejo que se opaca ante la culpa.
Porque hay marcas
que no vienen del error,
sino de saber demasiado…
y esa marca deja un vacío,
uno que suplica borrar
todo rastro ansioso que perturba
a la mente y al corazón.
Pues solo así abandonaría…
todo pecado,
mientras este permanezca.
En la indiferencia de su mirada
no halla la respuesta,
sino una mezcla de pena y compasión,
y una ira tenue
que nace de la desesperación.
Como si quisiera borrarse de la existencia…
Como si al verse solo encontrara irregularidad.
no puede dejar de tratarse con desprecio.
Como si fuera solo un error
que no debería ser…
pero lo es.
No debería estar ahí…
pero está.
Aún existe.
Prevalece.
Y se mantiene,
acompañando al pensamiento
sin pedir lugar.
Y entonces lo entiende…
o cree hacerlo.
Que no importa cuánto se libere,
ni cuánto intente separarse,
siempre caerá
en la misma forma.
Porque no es la culpa
lo que lo persigue.
Es aquello
que necesita serlo.
Y permanece,
sin irse del todo.
Sabiendo así…
que siempre se hundirá en el arrepentimiento,
aunque esté libre de culpa.
Y aunque la culpa sea un reflejo del cambio,
no bastará para librarlo de ese mal.
Nadie cambia un corazón
lleno de vacío.
¿Cómo se llena algo así?
¿Cómo se cubre
lo que fue creciendo en silencio?
Ni la disculpa…
ni siquiera una súplica propia
serán suficientes
para callar esa voz en pena
que rige sola en su mente,
sin intención de silenciarse.
Permanece.
Para desgastar lo que queda.
Para quebrar…
lo poco que aún resiste.
Porque no está roto.
Está cansado.
Difuso.
Late sin vida,
como una piedra en movimiento.
La voz… es el quiebre.
La marca… es el peso.
Y que la grandeza de ese peso
no supere la voluntad del alma.
Porque de ser así…
aquello que habita
en la penumbra de esta autosentencia
quedará condenado
mucho después
de que la conciencia ceda.
Porque no se es libre
solo con la muerte.
Se arraiga.
Se queda.
Y cobra…
cada intento de olvido.
Y lo percibe
al notar que una parte irreal de sí
lo opaca.
Puede ver sus logros…
que en el reflejo parecen fallas.
Hay confianza…
que se vuelve pereza.
Y cuando la mente se vuelve sobre sí misma
sin medida…
algo cambia.
No se pierde.
Se deforma.
Aferrándose a lo oscuro
y soltando lo poco que aún queda intacto.
Y aun así…
permanece una intención.
La de verse
como aquello que observa.
El deseo…
de ser ese reflejo.
Tal vez
ese reflejo que nunca se va
no está ahí para guiarlo.
Solo para decirle:
No quieres ser yo…
solo no quieres ser tú.
Porque el reflejo
no es la culpa.
Lo es el.
Y aunque esa sensación se disuelva por momentos,
siempre regresa…
sin aviso.
Invade.
Se instala.
Porque,
aunque no haya pecado alguno,
algo en él seguirá recordándolo.
Y entonces…
ya no hay diferencia.
No entre lo que ve…
y lo que es.
No cargaba con un pecado…
cargaba con la forma de necesitar uno.
Y ese será, eternamente…
su pecado.
logra saber de su propia existencia.
Y solo encuentra incertidumbre
en ese reflejo que se opaca ante la culpa.
Porque hay marcas
que no vienen del error,
sino de saber demasiado…
y esa marca deja un vacío,
uno que suplica borrar
todo rastro ansioso que perturba
a la mente y al corazón.
Pues solo así abandonaría…
todo pecado,
mientras este permanezca.
En la indiferencia de su mirada
no halla la respuesta,
sino una mezcla de pena y compasión,
y una ira tenue
que nace de la desesperación.
Como si quisiera borrarse de la existencia…
Como si al verse solo encontrara irregularidad.
no puede dejar de tratarse con desprecio.
Como si fuera solo un error
que no debería ser…
pero lo es.
No debería estar ahí…
pero está.
Aún existe.
Prevalece.
Y se mantiene,
acompañando al pensamiento
sin pedir lugar.
Y entonces lo entiende…
o cree hacerlo.
Que no importa cuánto se libere,
ni cuánto intente separarse,
siempre caerá
en la misma forma.
Porque no es la culpa
lo que lo persigue.
Es aquello
que necesita serlo.
Y permanece,
sin irse del todo.
Sabiendo así…
que siempre se hundirá en el arrepentimiento,
aunque esté libre de culpa.
Y aunque la culpa sea un reflejo del cambio,
no bastará para librarlo de ese mal.
Nadie cambia un corazón
lleno de vacío.
¿Cómo se llena algo así?
¿Cómo se cubre
lo que fue creciendo en silencio?
Ni la disculpa…
ni siquiera una súplica propia
serán suficientes
para callar esa voz en pena
que rige sola en su mente,
sin intención de silenciarse.
Permanece.
Para desgastar lo que queda.
Para quebrar…
lo poco que aún resiste.
Porque no está roto.
Está cansado.
Difuso.
Late sin vida,
como una piedra en movimiento.
La voz… es el quiebre.
La marca… es el peso.
Y que la grandeza de ese peso
no supere la voluntad del alma.
Porque de ser así…
aquello que habita
en la penumbra de esta autosentencia
quedará condenado
mucho después
de que la conciencia ceda.
Porque no se es libre
solo con la muerte.
Se arraiga.
Se queda.
Y cobra…
cada intento de olvido.
Y lo percibe
al notar que una parte irreal de sí
lo opaca.
Puede ver sus logros…
que en el reflejo parecen fallas.
Hay confianza…
que se vuelve pereza.
Y cuando la mente se vuelve sobre sí misma
sin medida…
algo cambia.
No se pierde.
Se deforma.
Aferrándose a lo oscuro
y soltando lo poco que aún queda intacto.
Y aun así…
permanece una intención.
La de verse
como aquello que observa.
El deseo…
de ser ese reflejo.
Tal vez
ese reflejo que nunca se va
no está ahí para guiarlo.
Solo para decirle:
No quieres ser yo…
solo no quieres ser tú.
Porque el reflejo
no es la culpa.
Lo es el.
Y aunque esa sensación se disuelva por momentos,
siempre regresa…
sin aviso.
Invade.
Se instala.
Porque,
aunque no haya pecado alguno,
algo en él seguirá recordándolo.
Y entonces…
ya no hay diferencia.
No entre lo que ve…
y lo que es.
No cargaba con un pecado…
cargaba con la forma de necesitar uno.
Y ese será, eternamente…
su pecado.